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Un Día con : Asterión ¡el Minotauro! 10 mayo, 2010

Posted by jonathanoo in ¡Entrevistas!.
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Asterión. A la espera de un redentor.

Entrevista a Asterión el Minotauro de Creta.

 

Son las cero horas del día séptimo. Luego de llegar a Creta, el velero me deja a más de dos kilómetros del laberinto, pregunto el porqué de tal descortesía (he pagado el pasaje completo), el cretense me mira como nostálgico y asombrado, me ofrece un ovillo de hilo (hilo con una estaca). Ahora no entiendo el porqué de tal oferta, sonrío y bajo del velero. Luego de dos horas de caminata sombría y de analizar una por una mis preguntas, experimento un olor a piedra húmeda y sangre, como cuando se ingresa a una carnicería. Miro al frente y observo, entre densa neblina y una llovizna sutil, las dos columnas de la entrada al laberinto, un escalofrío estremece mi cuerpo. No tiene puertas y peor cerraduras. No entiendo porqué mis pies siguen caminando, me dirijo hacia una bestia feroz y seguramente hambrienta, no sé si llegaré a mi destino, peor aún si saldré con vida.

Ya en el interior, camino sigiloso y sin ánimo de emitir ningún ruido. Me he sacado los zapatos y, como nunca, tengo un crucifijo en mi mano. Ahora estoy en un dilema, a mitad de camino se han presentado varios senderos que, al parecer, se bifurcan después de unos cuantos metros, me recuerdo a mí mismo que estoy en un laberinto, no cualquier laberinto, sino, el laberinto creado por Dédalo, el perfecto arquitecto de los Dioses.

Han pasado algunas horas,  no se sí ya un día entero, pero ahí sigue siendo noche, una noche eterna parece. Cansado y  estresado, al darme cuenta que he caminado en círculos pienso por un segundo, gritar fuerte para que mi entrevistado aparezca, sin embargo, mientras esta acción repasa mi mente, siento que se aproxima algo así como una caballada o manada de caballos galopando a mil kilómetros por segundo, lo único que atino a realizar es tirarme al frío piso de roca y cerrar los ojos, de repente, como si todo hubiese terminado, el estruendo y el temblor del suelo se detienen. El sonido de un jadeo incesante impide que abra los ojos. El miedo que tengo es indescriptible. Sin verlo aún, me imagino la figura imponente que esta en frente mío, en un arrebato de valentía, abro los ojos y me incorporo del piso. No me equivocaba, ante mí, yace erguido un monstruo mitológico. Parece que mide casi tres metros de alto, sus brazos son extremadamente musculosos y su cuerpo intimida tanto como su mirada. Su cabeza es la de un toro o búfalo. Largos cuernos gruesos y amarillentos, y su hocico cada segundo que pasa babea mucho más.

Lo primero que atino a preguntar es si tiene hambre, pregunta nada sutil y poco acertada para ese momento. A lo que el minotauro me contesta, todavía con su hocico babeante:

“No he comido en más de mil años, los últimos atenienses que comí me incitaron a matarlos violentamente porque traían varias espadas y no quisieron servirme de alimento. Mi padre, el rey Minos, me prometió que desde la muerte de Androgeo, mi hermano, cada nueve años vendrían 12 atenienses a mi laberinto para servirme de comida. Pero esto no es tan fácil, yo soy como todos los seres vivos, necesito comer para vivir, no puedo esperar nueve años más, y lo peor de todo es que mi padre ahora creo que se ha olvidado de mi”.

Al escuchar esto rápidamente saco de mi bolso varios kilos de carne que venía arrastrando, justamente para este momento. En menos de un minuto, Asterión, engulle todo lo ofrecido y ahora se nota más tranquilo, comienzo a pensar que, tal vez, si podré regresar a casa.

¿Por qué no sale de este laberinto?

“Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. No entiendo porqué tanta gente sabe de mí, si dicen que yo nunca he salido de mi hogar. Entiendan que yo no soy un prisionero ni mucho menos. Ustedes, los hombres, pueden observar que no existen cerraduras, ya que no existen puertas”

Siento una especie de alteración en su carácter, pero no paro mis cuestionamientos.

Mucha gente de Creta afirma que lo han visto a eso de la media noche caminando por las calles del pueblo, sin embargo, para los libros de historia eso solo ha sido un mito. ¿Alguna ocasión ha dejado su hogar?

El minotauro se sienta a mi lado, y me responde: “Algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Algunos curiosos me tiraban piedras y otros huían despavoridos, supongo que los primeros eran los valientes y los segundos los sabios”

Desde que empecé a formular las preguntas, aún no me he atrevido a mirar sus ojos, el temor que me infunde es determinante. No se si es mi intuición, pero siento que Asterión, solo me toma como a un juguete, al fin y al cabo, son miles de años desde que no conversa con nadie. No se si luego de que culmine la entrevista, me devore o me encierre en sus puertas infinitas.

¿Te gusta vivir aquí?

“No se si me gusta o no, pero este es mi mundo, yo no conozco nada más que no sea mi laberinto o alguna calle oscura de Creta. La verdad, existen ocasiones en las que pienso en cómo sería la vida fuera de estos senderos, pero luego pienso nuevamente y siento que el miedo también se apodera de mí”

 

¿Cómo encuentras tan fácilmente a tus víctimas, tomando en cuenta que el laberinto es casi infinito?

“Conozco cada piedra, cada hierva, cada grano de arena y cada espacio de oscuridad de aquí. La intención de Minos era de encerrarme aquí, pero todo cambió porque ahora yo soy el guardián, ahora siento que debo proteger el laberinto, porque este es mi hogar”

Con cada palabra que pronuncia Asterión, siento que es un ser interesante, inteligente, pero sigo pensando que algo muy oscuro esconde en su corazón. Tal vez lo juzgo mal.

¿Qué hace para distraerse?

“Semejante al toro que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo mareado. Me agazapo a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme”.

¿Parece ser que, todo lo que tiene que ver con sangre, lo apasiona?

“La sangre es el líquido vital para mi vida. Como puedes darte cuenta, aquí el único recurso para saciar mi sed son las lloviznas, por ello cuando llega carne fresca, prefiero primero beber su sangre y luego disfrutar de su carne, todo tiene un uso, y yo no desperdicio los recursos que me envían los Dioses”.

Luego de escuchar estas palabras, realizo la pregunta más inoportuna en el momento menos oportuno. ¿Cree entonces que los dioses me han enviado?

Asterión, como dándose cuenta que una fuente de comida fresca está a su lado, me mira de pies a cabeza. Inmediatamente realizo otra pregunta.

¿Por qué no ha conversado con el rey Minos? ¿Por qué no le ha exigido mejores condiciones de vida?

“Yo soy un castigo de los Dioses, yo soy el castigo en carne y hueso, no vine a este mundo para ser feliz, estoy aquí para atormentar la vida de la gente, entonces ese es mi objetivo, y en este bifurcado laberinto se supone que debo saciar mis necesidades. No tengo el derecho de exigir nada, porque solo soy un monstruo al que todos temen, pero del que nadie se acuerda”  

¿Cómo es su relación con Dédalo?

“Al arquitecto lo respeto porque, al fin y al cabo, construyó mi casa. De vez en cuando pasa  por el laberinto para observar si todo marcha bien, en ocasiones me trae comida, pero no se acerca a saludarme”

¿Se ha enamorado?

Asterión baja su enorme cabeza y responde: “Nunca. ¿De quién?, ¿De mi comida? Mi madre se enamoró del gran toro blanco sagrado, y a consecuencia de eso, nació una criatura como la que observas ante tus ojos, entonces, prefiero no meterme en esos líos, el amor es para los humanos, y por eso los hace débiles”.

No se cuanto tiempo ya ha transcurrido desde que Asterión me encontró. Quisiera tomarle una fotografía y huir despavorido, pero se que eso no me serviría de nada. Las esperanzas que tenía para regresar a casa poco a poco se han ido esfumando, porque siento que con cada interrogante que realizo, el gran Minotauro, se impacienta aún más.

La vida debe ser aburrida sin conocer la muerte. En tantos años aquí ¿No ha esperado que aparezca un redentor y finalmente lo asesine?

Asterión se levanta de un salto, y excitado contesta: “Eso es lo que aún espero, día y noche quiero que alguien me de batalla, que me haga jugar con la sangre, que me haga sentir la muerte cerca, que me haga sentir por primera vez el miedo, el miedo puro así como el miedo de tus ojos y la tembladera de tu voz”.

Por primera vez en esta entrevista lo veo fijamente a los ojos, sus pupilas negras se supeditan a su ceño fruncido de cejas espesas y largas. Miro su rostro demoníaco, su mirada intensa y una sonrisa sarcástica. El Minotauro sonríe, esboza carcajadas, siento que el infierno está cerca, con cada carcajada que fluye en el aire, siento que el fin es un hecho.

Le pido que se siente, pero ahora luce dominante y desafiante. Sin más que hacer le agradezco por su tiempo, pero no hallo respuesta. Asterión para de reír, y ahora, con una seriedad dictatorial, me dice que, en dos horas, debo salir de su hogar, si no las cumplo, seré su última comida del día. Recuerdo el ovillo que el cretense me regaló y agradezco haber clavado la estaca en la entrada al laberinto. Exhausto llego a la puerta de entrada guiado por el hilo del ovillo. Me he salvado. Al atravesar la puerta hacia la libertad, observo a un joven alto e imponente, se presenta, su nombre es Teseo, le pregunto cuál es su destino, a lo que él me contesta: ¡Mi destino es el Minotauro!

Por Jonathan Ortega

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